REFORMA DE LOS ILUSTRADOS ESPAÑOLES

Nuestra Constitución está muy viciada; nuestros tribunales sirven para lo que fueron creados; los cuerpos del derecho se aumentan visiblemente, y visiblemente se disminuyen la observancia de las leyes; la demasiada justificación hace retrasar demasiado las providencias justas; la agricultura clama por una ley agraria y, sin embargo, de lo ejecutivo de la enfermedad van ya pasados diecinueve años en consultas, y es de creer que la receta saldrá después de la muerte del enfermo; el Consejo está continuamente dándonos el espectáculo del parto de los montes; los abogados cunden como las hormigas, y los pleitos se aumentan a proporción de los abogados; la libertad civil gime en una mísera esclavitud y los ciudadanos no tienen ninguna representación; las capellanes, obras pías y mayorazgos crecen como la mala hierba, y es de temer no quede un palmo de tierra libre en el reino, a cualquiera le es permitido encadenar sus bienes y cargarlos para siempre jamás; la mayor parte de las fincas están en manos muertas; el todo de las contribuciones de los pueblos, es decir, las contribuciones reales, eclesiásticas y dominicales, sin contar con las que pagamos al extranjero en la balanza del comercio, pasan de dos mil millones, cantidad asombrosa, cuyo mayor peso carga sobre un millón escaso de agricultores medianos; los holgazanes, los que no trabajan en cosa que pueda aumentar la masa de la riqueza nacional, son más de seis millones, de los nueve y medio en que se regula nuestra población, careciendo los tres y medio restantes de infinitas proporciones y estímulos para el trabajo, oficinas y empleados hay tres veces más de lo que se necesitaría si las cosas llevasen otro sesgo.

El Erario está empeñado, y si no se le aligeran las cargas, cada día lo estará más; la suprema autoridad está repartida en una multitud de consejos, juntas y tribunales, que todos obran sin noticia unos de otros, y así que uno manda otro lo desmanda y todo en nombre del Rey; por lo cual decía un amigo mío que la  potestad regia estaba descuartizada como los ajusticiados. Yo comparo nuestra monarquía en el estado presente a una casa vieja sostenida a la fuerza de remiendos, que los mismos materiales con que se pretende componer un lado derriban el otro, y sólo se puede enmendar echándola a tierra y reedificándola de nuevo, lo cual en la nuestra es moralmente imposible, pues como un día me dijo el conde de Floridablanca: “ Para hacer cada cosa buena es necesario deshacer cuatrocientas malas” (…).

He apuntado a V. E. las que me parecen causas principales de la pobreza del Reino, aunque no niego que la emigración a las Américas, las guerras y los malos años hayan también coadyuvado a ella. El primer paso que  a mi ver se debería dar para corregirla sería el simplificar el gobierno cuanto fuere dable; alargar la libertad del pueblo cuanto dictase la prudencia, pues corno he dicho es el alma del comercio y la felicidad de una nación; desencadenar todos los bienes raíces, descargándolos de los inmensos gabarros con que los han gravado sus antiguos poseedores; aminorar o extinguir los privilegios heredables y hacer obedecer las órdenes que se expiden, pues de otra manera será mejor que nunca se piense en ellas: con esto espero en Dios que la España mudaría de semblante sin necesidad de las costosas y complicadas operaciones que proponen Ustáriz, Ward y Arriquibar, con otros escritores políticos, y entonces entraría bien mi sistema de rentas, pero en tanto que no se tomen otras previas providencias, todas mis reflexiones quedarían en la esfera de la especulación política, sin que puedan surtir todo su buen efecto, aun cuando se pongan en ejecución. Sin embargo, en otros correos propondré sobre el particular mis cálculos, contentándome al presente con dar a V. M. esta idea de mi modo de pensar. He dicho mi sentir con la libertad que debe un hombre de bien a otro hombre de bien: V. M. perdonará si me he excedido en algo, pues ya sabe que ignoro la lengua de la adulación y la mentira. 26 de ,enero de 1786.

(LEÖN DE ARROVAL, Cartas político-económicas al Conde de Lerena, Madrid, Ciencia Nueva, 1968, pp. 67 ss.; final de la  carta I)

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